Friday, October 20, 2017

XXV

Cuando dices un instante
surge el destello
una canción vuela,
puedes soñar.

Cuando dices un instante
el alba se asoma con timidez
una letanía se escucha a lo lejos,
puedes llorar.

Cuando dices un instante
el mañana tal vez no llegue
solo oyes el rumor del viento,
puedes morir.

Todo depende
de la ciudad
que dibujas en tu alma.


Monday, November 30, 2015

Un año con Marquito


Cada vez que escribo, Marquito se trepa entre mis piernas y mira sorprendido mis lentes y la pantalla de la computadora. Tal vez se pregunta qué poderes tienen esos artilugios que me mantienen tan concentrado. Luego se sienta en el piso y vuelve a su mundo de fantasía.

¡Qué rápido ha crecido Marquito!, me dice Techi todas las noches, cuando cenamos y me cuenta los avances de mi pequeñín. El otro día, dice, abrió la cerradura de la puerta y se echó a andar por la calle. Libre como un pajarillo.  Y pensar que hace poco, era un tierno bebé, rojito, arrugadito, dormido en la cuna. Luego se convirtió en un voraz consumidor de leche materna.

Ahora que escribo, lo veo explorando todos los ambientes de la casa, descubriendo un nuevo rincón, una nueva rendija por donde escabullirse. Le encanta abrir los cajones y las puertas. Más de una vez sus deditos se han quedado aprisionados ¡auch! y entonces su llanto parece el grito telúrico de un volcán. Pero ya aprendió y ahora estira la palma de sus manitos para protegerse.

Marquito va por la casa ordenándolo todo. Un orden que Techi y yo aún no podemos descifrar. Coloca los jabones debajo de la frazada, los lapiceros junto con las verduras, los celulares dentro de las ollas y sus zapatitos junto con mis camisas. También le gusta arrancar las hojas de los cuadernos.

Desde que cumplió un año, sin embargo, ha adquirido mayor velocidad y decisión. Si escucha la voz de la vecinita, que tiene su edad, se empina para ver por la ventana y la llama en voz alta. Entonces tenemos que sacarlo a la puerta para que salude a su pequeña amiguita. También es imposible detenerlo, si decide jugar o simplemente caminar después de la medianoche. (Caballero, a sacar los carritos y los aviones a las tres de la mañana.) Aunque a veces pienso que esos juegos son parte de mi sueño.


Bueno, creo que mejor dejo de escribir, porque desde hace cinco minutos Marquito está silencioso debajo de la biblioteca. ¿Qué está haciendo mi pequeñín?  ¡Hijito, no! ¡Deja eso! ¡Mis libros no! ¡No, no, no! ¡Noooooooooooooo…! (continuará)

Sunday, February 02, 2014

Entre diablos y máscaras



El maestro Edwin Loza Huarachi (Puno, 1947) ha sido danzante de La diablada durante más de veinte años.

-Cinco años como diablo y quince como ángel- nos advierte.

Su pasión por las máscaras se inició en Rosaspata, actual provincia de Moho, donde su padre era director del Núcleo Escolar Campesino. Allí aprendió a fabricar las mascaritas para las Tanta wawas (figuras de pan) a partir de un modelo desarrollado en arcilla.

Años después, cuando su hermano Dino fue seleccionado para bailar con los Sicuris del Barrio Mañazo, lo acompañó a la casa del famoso caretero Kar Kar Velásquez, para que le tomara las medidas y le fabrique una máscara.

Kar Kar preparó la masa delante de ellos y el joven Edwin se sorprendió al ver que era igual a la que le enseñaron en Rosaspata. Eso le demostró que podía aplicar la misma técnica para hacer caretas más grandes y así se convirtió en restaurador y creador de máscaras.

Como danzante en la Diablada Porteño absorbió, durante veinte años, toda la tradición, las leyendas e historias del Altiplano. Pero sobre todo, logró conocer los secretos de las máscaras de todos los bailarines.

Ahora Edwin Loza posee una forma muy personal de realizar sus trabajos. Utiliza materiales reciclables: papel, aserrín, yeso y cola. Con ellos ha logrado una masa muy liviana que conserva un peso proporcional y le permite al bailarín mantener la postura adecuada.

En su taller del jirón Carabaya, en Puno, guarda muchas máscaras de diablos, morenos y chinas diablas. Las más antiguas, fabricadas exclusivamente de yeso, pertenecen al Instituto Americano de Arte y están en proceso de restauración.

Sus máscaras gozan de reconocimiento nacional e internacional y recientemente ha participado en el festival Kaypi Perú, en Washington. Incluso ha expuesto en el prestigioso Instituto Smithsonian.

¿Cómo se siente ante tantos diablos?

-Este no es del diablo –nos aclara. De acuerdo a sus investigaciones, este personaje de nariz protuberante y cuernos largos no es el demonio, sino el dios de las minas.

La confusión surgió con los españoles en el siglo XVI, al ver que los indios, antes de entrar a las minas, bailaban una danza cubiertos con una máscara similar a la cabeza del venado. Era una danza ritual para pedir permiso al Jarjancho y poder sacar los minerales. Pero los españoles identificaron la danza con el diablo.

Este Amauta de la Artesanía Peruana cree que la tradición de La Candelaria crecerá y por ello, en los próximos años, Puno necesitará mano de obra calificada que sea capaz de cubrir las demandas de los conjuntos participantes.

La primera vez que bailó lo hizo en la Plaza de Armas de Puno. En aquel entonces los concursos se realizaban en el pequeño atrio y participaban 12 o 13 conjuntos. Ahora La Candelaria recibe a más de 250 elencos y se realiza en el estadio.

Su sueño más preciado es crear un taller de máscaras en cada barrio de Puno. Solo así el tradicional concurso podrá conservar el colorido y la vistosidad que han convertido a Puno en la Capital Folclórica de América.




(Publicado en el libro "Manos que hablan". Prima AFP, 2012)



Saturday, November 23, 2013

La última tejedora shipiba



Cuando Laura Urquía sale de su comunidad y viaja a Lima o a alguna ciudad de la sierra deja su atuendo típico y se pone otras ropas más urbanas a exigencia de sus hijos. Pero con estas prendas ella se siente incómoda, húmeda, porque sus telas nativas son más tibias, más cálidas.
Doña Laura es una de las últimas tejedoras tradicionales de la etnia shipibo en la comunidad de San Francisco, en Ucayali. Ella elabora su propia tela con algodón natural, además pinta y borda para confeccionar prendas tradicionales que son muy admiradas por la perfección de sus diseños.
El oficio lo aprendió a los 11 años cuando su madre Emilia le alcanzó una porción de algodón natural para que lo convierta en hilo. La pequeña Laura sufrió varios días para obtener la fibra adecuada hasta que dominó la técnica. Luego vino la prueba de fuego que consistía en elaborar una pieza.
“Lo primero que hice fue una sábana pequeña de un solo color”, recuerda.
Doña Laura teje en un pequeño patio frente a su casa, mientras su esposo le alcanza los hilos y le ayuda a acomodar el telar. En la cultura shipiba el tejido es una actividad casi exclusiva de las mujeres porque se les considera portadoras, continuadoras y celosas guardianas del imaginario de la nación. Las niñas son “curadas” a temprana edad para que puedan pintar y bordar con maestría.
Sus abuelas les aplican gotas de una planta perfumada en el ombligo y los ojos para que tengan la capacidad de visualizar diseños en su mente y plasmarlos estéticamente sobre tela, madera u otro soporte material.
Doña Laura emplea tintes naturales y dibuja con gran facilidad diseños geométricos muy complejos. Como pincel utiliza un pedazo de caña brava (shetán). Sus telas pintadas tienen dos fondos, blanco y marrón. Con ellas confecciona vestidos, cojines, manteles, cortinas, almohadas o marcos de cuadros.
El diseño surge espontáneamente en su mente. Ella sabe lo que va hacer y lo hace. Se trata del kené, término que define a los gráficos geométricos característicos de la cultura shipiba. Se cree que estos trazos representan la imagen del mundo que le fueron transmitidas por sus abuelos.
El primer paso para la elaboración de las telas es la recolección del algodón. Este se ablanda con ceniza de palo y luego viene el hilado en fibras que varían de grosor de acuerdo a la prenda que se va a elaborar. Una vez preparada la tela, esta se borda o pinta con tintes naturales que se obtienen de la corteza del aguano (árbol). Al final el tejido se baña con un barro especial que se obtiene con tierra de las quebradas. Este barro debe conservarse en la sombra, de lo contrario pierde sus propiedades fijadoras.
El proceso es largo y doña Laura lo sabe. Pero aún así dice que continuará tejiendo de esa manera porque eso fue lo que le enseñaron sus padres. “Los nuevos tejedores compran cañamazo y tocuyo, y solo pintan, el resultado no es igual”, se lamenta. Las telas de doña Laura son realmente bellas y se encuentran, sin duda, entre las expresiones más altas de la artesanía peruana.

(Publicado en el libro Manos que hablan. Noviembre, 2012)