Tuesday, February 21, 2012

Los límites de la comunicación para el desarrollo




La comunicación para el desarrollo es una corriente que busca dar poder a las comunidades para ayudarlas a articular su propia agenda de desarrollo. Sus impulsores sostienen que el desarrollo no puede imponerse ni planificarse desde fuera, sino necesita del consenso y la participación de la población para ser viable.

En los últimos 30 años, sin embargo, muchos proyectos sociales que han seguido esta corriente han fracasado. Entre las causas se mencionan factores externos como el poco apoyo de las autoridades y la indiferencia de los medios de comunicación. Pero no se presta atención al discurso que propone la comunicación para el desarrollo.

Hoy, los propios teóricos de esta corriente admiten que la comunicación para el desarrollo no ha logrado los fines que se proponía y por ello plantean ajustes y reorientaciones.

En América Latina, el español Jesús Martín Barbero y el boliviano Luis Ramiro Beltrán han reflexionado sobre los desafíos que enfrenta esta corriente de la comunicación. Para Beltrán, “el sueño de la comunicación para el desarrollo están congelado”. 1

En el Perú, Marisol Castañeda, Rosa María Alfaro y Segundo Armas han realizado algunos estudios preliminares al respecto.

Todos, sin embargo, insisten en su enfoque eminentemente sociológico cuyos ejes son el compromiso social, la democratización del acceso a los medios y la comunicación organizada de la población.

De este modo, las investigaciones se han circunscrito al ámbito de las ciencias sociales o al de las propias facultades de comunicación, pese a que se trata de un área multidisciplinaria que involucra a la sicología, la lingüística y la literatura.

Por ello, el discurso de la comunicación para el desarrollo no responde a las demandas de la actual sociedad peruana porque privilegia ese enfoque sociológico y participativo. No toma en cuenta los procesos y representaciones mentales de la producción del discurso.

El país necesita una revisión y un análisis crítico del discurso que propone la comunicación para el desarrollo. En lugar de la tradicional óptica sociológica, se deben utilizar las modernas herramientas que ofrecen tanto la teoría literaria como la teoría lingüística, pues la comunicación está ligada estrechamente a la formulación del mensaje, la persuasión y el cambio de conducta.

Un enfoque de la comunicación a partir de los avances realizados en los últimos años por la teoría literaria, el análisis textual y la gramática generativa permitirá la confirmación de algunos paradigmas teóricos de la comunicación, o quizás su reformulación.




FOTO. Típico material de difusión inspirado en la comunicación para el desarrollo.


1 BELTRÁN, Luis Ramiro, El sueño en la nevera. (2000).

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Tuesday, December 21, 2010

Se habla español


¿Qué idioma es ése que suena tan bonito?

El sonido cadencioso del español es algo que solo notamos cuando en el extranjero –sobre todo en Europa oriental- las personas se detienen para escucharnos hablar.

Me ocurrió en Praga, cuando me alojé en la residencia de estudiantes de la Universidad de Lenguas Extranjeras. Apenas crucé el umbral de la puerta, la encargada de la recepción dijo en voz alta: “¡Buenos días, señor!”

Enseguida me preguntó mi nombre, de qué país venía y cuál era el motivo de mi viaje. Ella hablaba muy fuerte y yo le respondía de igual forma para que llene correctamente mis datos en el formulario de alojamiento.

Pero ella no hablaba en voz alta porque tenía problemas de audición, sino porque quería que los estudiantes que entraban y salían por allí escucharan nuestra conversación.

Cuando se le acabaron las preguntas del formulario, la señora Elizabeth me preguntó sobre el clima, la comida y las costumbres de Sudamérica y España. ¿Verdad que los latinos son ardientes?, dijo con ojitos pícaros.

Entonces descubrí que a nuestro alrededor había una docena de estudiantes escuchando atentamente las atrevidas preguntas de la recepcionista y, claro, también mis ingenuas respuestas.

Fue un momento embarazoso. Todos nos miraban con reverencia, sin decir nada. Hubo un largo silencio, hasta que una jovencita, de unos veinte años, no aguantó la curiosidad y lanzó la pregunta que hasta hoy recuerdo:

¿Qué idioma es ése que suena tan bonito?

El periodista español Javier Reverte, en su crónica de viaje por Grecia y Turquía, cuenta una anécdota similar. Dice que en una isla griega conoció a un tabernero que tenía una particularísima clasificación de los idiomas.

“Cada idioma está hecho para algo. El inglés, para los negocios. A cup of tea, preguntan siempre antes de sentarse a discutir. El alemán es un idioma de guerra, parece que caen divisiones enteras sobre ti cuando les escuchas”.

“Los franceses han creado su lengua para el amor, y ¡ay de aquella mujer que abre sus oídos delante de un francés!, porque al momento tendrá que abrir las piernas”.

“Si quieres hablar de filosofía, aquí está nuestra lengua griega, y no hay otra. Los italianos han creado su idioma para cantar a toda hora, y logran mujeres por el canto, que es la mejor manera de enamorar”.

“Pero cuando un español habla ..., ¡ah, España!, cuando ustedes los españoles hablan, oímos a los ángeles cantar. Su lengua está creada para conversar con Dios. Toda mujer que conoce a un español aspira al matrimonio”.

¿Qué idioma es ése que suena tan bonito? –preguntó la jovencita, rompiendo el silencio de los estudiantes.

--Es español. El señor es de Perú, de América del Sur—respondió la recepcionista muy orgullosa.

Los jóvenes que nos rodeaban estudiaban lenguas extranjeras y de algún modo estaban familiarizados con diversos idiomas, pero jamás habían escuchado un sonido “tan bonito”. Así que nos pidieron que sigamos conversando en voz alta.

La jovencita de veinte años era la más entusiasmada con mi forma de hablar. Hacía preguntas en idioma checo que doña Elizabeth traducía. Conversamos – con traductora de por medio-- casi media hora entre risas y bromas hasta que la recepcionista entendió que debía dejarnos solos.

Aquella noche di mi primera clase de español. Durante dos horas le enseñé a la pequeña Rita algunas palabras del idioma castellano. Y ella abrió para mí las puertas de su tierna sabiduría.


Praga- Lima, Junio del 2001.

Thursday, October 21, 2010

En la ruta del vino Tokai


Luego de unos días en Budapest, la capital de Hungría, decidí conocer Tokai, una región que goza de fama internacional, pues desde tiempos del Imperio Romano allí se elabora el famoso "rey de los vinos". Tomé un bus hacia la ciudad de Éger y allí abordé un tren que me llevaría hacia Tokai, muy cerca de la frontera con Ucrania. Mis amigos me advirtieron que debería estar muy atento en los cambios de estación, porque de lo contrario podría terminar en Macedonia o Rumania, como a ellos les sucedió. Con estas recomendaciones, abordé el tren e inmediatamente me dirigí al controlador para pedirle que me avise en cada trasbordo.

Un anciano que me había escuchado se me acercó y amablemente dibujó en un papel las estaciones y las horas de parada. En total, eran seis cambios de tren en ciudades de nombres impronunciables. La mayoría de pasajeros eran campesinos: hombres con trajes oscuros y mujeres con pañuelos en las cabezas. El anciano les comentaba muy entusiasmado que yo era extranjero y que iba a Tokai a comprar vino. Todos miraban mi cámara fotográfica y trataban de leer mi polo que decía Perú. Al bajar en la primera estación, compré cigarros y el anciano me siguió. Intentaba conversar, pero era imposible. Yo no entendía ni una palabra de húngaro y él no comprendía inglés, menos aun español. Le ofrecí un café, pero mi "guia" prefirió una copa de cognac. Tomó el licor de un solo sorbo y exclamó de satisfacción.

A la hora exacta llegó el segundo tren y subimos. Nuevamente el viejo se sentó a mi lado, pero esta vez entramos al vagón de fumadores. Allí encontramos a un grupo de rock que iba a Ucrania. Todos vestían casacas de cuero con espuelas y viajaban echados con las piernas en alto. Al vernos ni se inmutaron y continuaron fumando y rasgando sus guitarras. El humo era insoportable así que decidimos cambiar de vagón. Luego de dos horas llegamos a la segunda estación y esta vez compré una coca cola. El anciano me siguió y le ofrecí cigarros. Nuevamente dijo que prefería una copa de cognac. Entonces reparé que el viejo tenía una inclinación muy marcada por el licor. Y si esto continuaba, debía comprarle cuatro copas más de cognac hasta llegar a Tokai. Pero el gasto bien valía la pena, porque el anciano era muy atento y me estaba avisando dónde bajar y cuándo subir. Algo que los controladores no hacían, por falta de paciencia o desidia. Así, después de invitar la sexta copa de cognac llegué a Tokai. Pasé la tarde visitando bodegas y probando los más deliciosos vinos.

Al caer la tarde, luego de un descanso reconfortante a orillas del rio Tisza, volví a la estación del tren. Pero las pequeñas calles de la ciudad me jugaron una mala pasada y no recordaba el camino de regreso. O quizás fue el vino, no lo sé. Pregunté a unos señores y ellos movían la cabeza resignados. No me entendían. Avancé hacia un taller de mecánica y los obreros se reían tratando de entenderme. Faltaban diez minutos para la llegada del tren y yo estaba perdido sin encontrar la estación. Pregunté a varios transeúntes y nada. Si el tren me dejaba debía esperar hasta el día siguiente. Entonces encontré en la puerta de su casa a un señor con apariencia de ser médico o ingeniero, así que pensé que podía saber inglés. Pero tampoco entendía. Yo le decía train station, railway, tren y él se encogia de hombros sin comprenderme. Hizo el ademán de manejar un autobús y yo le repetia: No, bus no; train, railway. Faltaban cinco minutos y conociendo la puntualidad ferroviaria de Europa lo más seguro era que el tren me dejara.
Entonces jugué mi última carta. Le dije con ademanes: "No, bus no... chucu-chucu-chucu, pupú". Sólo así me entendió y pude llegar a tiempo para abordar el tren de regreso.


Lima, 16 de abril de 2002


Foto: Brindis con vino húngaro en Mayoralmas.

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Thursday, October 07, 2010

Los sesenta de Mario

Por Winston Orrillo

Acaba de cumplirlos. Totalmente rozagante, y dedicado a la que es –ya no cabe ninguna duda- su pasión excluyente: la escritura.

Podemos afirmar que Mario Vargas Llosa encarna el conocido sueño de Mallarmé de que la vida quepa en un libro, de que lo que uno vive sólo tiene sentido, sólo cobra valor, porque está destinado a entrar a las páginas de un volumen.

Vocación tan impertérrita no se había dado jamás en la literatura nacional, y solo hay unos cuantos ejemplos de ella en el panorama ecuménico de las letras.

Si revisamos las principales obras de Mario –desde La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La tía Julia y el escribidor hasta El pez en el agua- veremos que, en unas más, en otras menos, la presencia del autor nimba la obra, o, en otros casos, definitivamente, la protagoniza.

Vivir para escribir; que todo lo que a uno le acaece sea para integrar una obra: tal es el desideratum de nuestro autor, quien, por otro lado, no se ha negado nunca a vivir hasta las heces, lo que llamaría Jaspers las situaciones límites, pero todo con el propósito precitado.

Dueño de una inteligencia esclarecida y de una sensibilidad ciertamente privilegiada, de Mario, sin embargo, algunos rescatamos, en especial, esa capacidad ascética, cenobita, para el trabajo intelectual, para la entrega incondicional a la realización de una obra que no cesa de cosecharle elogios y no pocas críticas encontradas, porque si algo caracteriza a nuestro autor es, precisamente, su condición polémica.

Nada de lo que él dice o escribe nos puede dejar indiferentes. Es especialista en provocar nuestras adhesiones más encendidas o nuestros denuestos más selectos.

Poseedor de grandes preseas, también tiene en su alforja de caminante errores y equívocos que el generoso viento de la historia se encargará de esclarecer.

Es nuestro autor más reconocido internacionalmente (en vida: puesto que post mortem allí están Vallejo y Mariátegui que, en sus respectivos centenarios, han concitado avalanchas de congresos y simposios).

No nos cabe la menor duda que será nuestro primer Premio Nóbel de Literatura, galardón que habrá de ganarlo por el ímprobo esfuerzo de construir una obra narrativa, sin reticencias, paradigmática.

El Comercio, julio de 1996.

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